Evaluación para el aprendizaje

Dentro de los diversos sistemas educativos nacionales, ya se a por su jurisdicción -Nacional, Provincial o Municipal- o por su nivel -Inicial, Primario, Secundario, Terciario, Universitario o de Posgrado- hay una característica común: todos exigen que se «califique» individualmente con una nota cada determinado período, que de fe de que el estudiante «aprobó» las exigencias de una materia. De esta forma, y siendo muy generoso, podemos decir que esta es una evaluación «del» aprendizaje: se intenta averiguar -y calificar- qué es lo que alumno sabe o no sabe y a partir de ello, otorgarle una nota.

Todos tenemos la experiencia de que esa evaluación del tipo «fotografía» no siempre revela la realidad de nuestros conocimientos o habilidades. A todos nos ha sucedido que «sabemos» muchísimo de alguna materia y por el motivo que fuera -se nos hace una laguna, nos ponemos nerviosos, o nos preguntan de una forma que no entendemos- somos aplazados. Y esto dejando de lado la posible subjetividad de algún docente -quizá sucede más en el nivel universitario- que por x motivo no le caigamos simpáticos y nos exija más que a los demás. En la otra punta, también muchos hemos tenido la experiencia personal o de alguien cercano que «robó» alguna materia, ya sea porque utilizó artilugios no muy éticos -copiarse- o porque justo le tocó el único tema que había estudiado. También todos sabemos que un 7 de un docente es totalmente distinto al 7 de otro docente, por lo que la calificación no parece ser el mejor sistema para saber si un alumno ha adquirido o no determinadas habilidades o aprendido determinados contenidos.

No parece que este tipo de evaluación, orientada a la calificación contribuya a que los alumnos mejoren sus aprendizajes.

Muy distinta es la evaluación «para» el aprendizaje. Se trata de una evaluación continua, sistemática y realizada a través de distintos instrumentos que lo que busca no es «calificar» al alumno sino sencillamente -aunque parezca difícil- es ir mantenido informado al alumno de los avances de sus aprendizajes y -de paso- haciendo reflexionar al docente sobre algún cambio metodológico o didáctico para que el alumnos acceda a los conocimientos o habilidades que aún no tiene.

Este tipo de evaluación va acompañando el proceso. La mayoría de las veces se tratará de una autoevaluación, en la que sea precisamente el alumno el que reflexiona sobre qué es lo que ha aprendido, cómo lo ha aprendido y si puede transferir ese aprendizaje a otros ámbitos.

También el docente tendrá que establecer de antemano cuales son los criterios que tomará en cuenta a lo largo del curso que le vayan dando señales claras de que el alumno está alcanzando los objetivos previstos o efectuar los ajustes necesarios si no los va haciendo.

Para poner un ejemplo no educativo, la evaluación del aprendizaje sería como indicarle
a alguien el camino a Mar del Plata, y esperar en el km. 404 de la RP 2 para ver si llegó o no.
La evaluación para el aprendizaje podría ejemplificarse como sentarse con ese alguien en el auto, indicarle si va muy rápido, muy despacio, si debe frenar, si equivocó el camino, si se está saliendo del carril, etc.

Desde luego que este tipo de tarea lleva mucho más tiempo y esfuerzo que únicamente sentarse al final de cada trimestre a tomar una evaluación escrita para «cumplir» con la obligación de calificar al alumno cada determinado período. Pero en la práctica este último sistema -como ya hemos hecho notar- no sólo no mejora el aprendizaje sino que ni siquiera sirve para acreditar que el estudiante ha adquirido los conocimientos o habilidades sobre los que los estamos evaluando.

El cambio de óptica para evaluar, produce automáticamente un cambio de óptica para centrarse siempre en lo que el alumno aprende, y no en lo que los docentes supuestamente enseñamos.

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